Cuando la decisión ya está tomada

Hay decisiones que existen con claridad. Han sido formuladas, comunicadas o al menos pensadas con precisión. No están en discusión. No compiten con alternativas ni generan un conflicto abierto.

Y, sin embargo, no se asientan. Siguen reapareciendo en la mente como si aún estuvieran pendientes. No vuelven para ser revisadas, sino porque no han terminado de bajar a tierra. La decisión está ahí, pero no se ha integrado.

No falta definición. Falta cierre interno.

No se trata de dudar

Este retorno no tiene que ver con inseguridad ni con indecisión. Tampoco con el deseo de cambiar lo decidido. La elección es clara y, en muchos casos, sigue considerándose correcta.

La fricción aparece en otro plano. No en el contenido de la decisión, sino en su relación con quien la tomó. Algo no termina de encajar, no porque la decisión sea confusa, sino porque no ha sido asumida como propia en el sentido estructural del término.

No es duda. Es desajuste.

Decisiones que vuelven

Algunas decisiones regresan una y otra vez. No lo hacen porque sean malas, sino porque no han sido asumidas en profundidad. Permanecen como un elemento externo que hay que sostener mentalmente, justificar de forma recurrente o volver a colocar en su sitio cada cierto tiempo.

Mientras una decisión no se asume, sigue requiriendo presencia. Vuelve, interrumpe, reaparece. No como pregunta abierta, sino como algo que insiste. No se integra en el marco desde el que se actúa; queda suspendida, obligando a ser recordada.

No hay error visible. Hay una falta de asentamiento.

Cuando decidir no basta

Decidir es un acto puntual. Ocurre en un momento concreto y tiene una forma definida. Asumir, en cambio, es un proceso silencioso. No se anuncia ni se formula, pero se nota cuando ocurre: la decisión deja de reaparecer.

Confundir ambos planos genera una fricción constante. Se cree que decidir equivale a cerrar, cuando en realidad solo fija un punto. Si ese punto no se integra, la decisión permanece activa, reclamando atención sin ofrecer salida.

No porque esté mal tomada, sino porque no ha sido habitada.

Cuando la decisión no termina de asentarse

Tal vez el problema no esté en qué se decidió,
sino en que la decisión nunca llegó a convertirse en un lugar estable.

Mientras eso no ocurre, la decisión sigue volviendo.
No para ser cambiada, sino porque aún no ha terminado de quedarse.